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Nací el 17 de octubre de 1978. Sí, Día Peronista. No, no soy Peronista!
Soy hija de padres separados, separados muchas veces. Fui hija única cinco años. Años en los cuales cada vez que pedía un deseo era un hermanito. Fue hermanita y no me dejaron llamarla Julieta, a mamá le gustaba Marilina. Demasiada frustración para que hoy el mundo la conozca por “Chiqui”.
Fui siempre al mismo colegio. Fui siempre buena alumna y siempre fui Luli, hasta que un día me colgaron una medalla en el cuello, me dieron un papel enrollado y me dijeron, “arreglate como puedas”.
Me metí en la UBA, y como no me gustaba que me dijeran veintiseisochoseiscincounocuatronueve, empecé el profesorado, y me dieron el título de Seño Luli. “Si, claro, me encantan los chicos”, repetí miles de veces, lo que no me gustan son los padres. Así que sigo por la vida buscando una vocación sin entender todavía si todo me gusta un poco o si nada me gusta demasiado.
Hasta que conocí al padre de mi hijo creía que sólo me enamoraba de quien no me convenía. Cuando me separé de él lo confirmé.
Nací en capital, crecí en Lanús, me fui a vivir sola a capital, a convivir a La Lucila, y soy madre en Olivos.
Señas particulares: Mido un metro y medio. No sé guiñar el ojo derecho y se me cae el párpado izquierdo. Judía por tradición, coreuta en una iglesia, no creo en Dios, creo en todo el resto. Y sostengo que el problema no es del que cree sino del que miente.
Puedo contar muchas cosas de mí. Pero una vez alguien me dijo, sólo te va a conocer quien sepa mirarte a los ojos. El resto son solo detalles.
Y no, no vengo siempre a bailar acá.
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