SUSPENSO I. GRACIELA.( versión final).
"Esta noche es sólo para mí", pensó.
Todos duermen en casa. El perro dejó de ladrar hace un rato. La tortuga ya se acomodó en su rinconcito preferido del parque. A sus pies está sentado Francisco, un gato gordo y perezoso. En el invierno era un acolchado confortable, en el verano le venían ganas de pegarle una patada y mandarlo al patio, al living, al mundo. La tranquilidad es plena.
"Bueno, y ahora qué..."
Se sentó en ese sillón confortable que le regaló un amigo hace unos años. Era su preferido, de color negro y con rueditas que se deslizaban torpemente emitiendo un chirrido. Solía leer a solas hasta muy pasada la medianoche. Solo. Sin más compañía que ese felino y ese ruido extraño, el de siempre, el que empezaba a hacerse sentir justo en el momento en que en la casa todos dormían menos él. Al principio lo aterrorizaba, ahora sólo lo distraía. A veces lo atemorizaba. Sería la vecina, suele hacer ruidos extraños, dicen que restaura muebles antiguos .Podría provenir del freezer, sonaba a hielo formándose. Lo remontaba a su infancia y ese correr del viento frenético entre los árboles. Lo esperaba cada madrugada como se espera el trueno ensordecedor después de la luz del rayo. Era penetrante, perturbador, indescriptible. Lo asustaba tanto como un tiro que escuchó en su niñez. A veces sonaba abrumador, a veces sigiloso. Esteban se mueve en su sillón buscando una posición confortable.
Cada vez que sale de su escritorio y enciende una de las luces el ruido cesa. El hombre logra meterse en su lectura. No pasan más de dos minutos, y el maldito de vuelta ahí. Trata de afinar su oído para percibir de dónde viene exactamente. Le resulta difícil. La puta, no se puede concentrar. Ese ruido lo está volviendo loco.”¿Por qué sólo de noche?” “¿Y durante el día qué?” Era evidente que alguien quería perturbar su psiquis. Todo era raro: el gato abandonaba sus pies, desaparecía de escena, el ruido se hacía más penetrante.
Alguna vez despertó a su esposa, quería saber si ella podía escucharlo. A pesar de sufrir de insomnio la respuesta de su mujer siempre era negativa. Dicen que los muebles suelen crujir en el silencio de la noche. Pero, éste no era ruido a madera muerta. Éste tenía vida. Pasaron dos, tres meses, y todo igual. Esa percepción a la noche cuando todos dormían. Hasta casi decide dejar de pasar esos momentos a solas. Lo estaba invadiendo el terror. El ruido provenía de la casa, sin lugar a dudas. Pero, debía descubrir qué era aquello. Estaba dentro de la casa. Nadie más lo oía, ni sus hijos, ni su mujer, ni la agria de su suegra cuando venía de paseo. El maldito ya formaba parte de sus noches. Tendría que compartir ese momento suyo con su libro elegido y con el misterioso ruido. Pero, ¿Hasta cuándo? Toda la vida. No lo soportaría. Hasta pensó en mudarse de esa casa. Pero le había costado encontrar una propiedad cómoda, en un barrio tranquilo y además mucho sacrificio para pagarla. En sus momentos de insomnio elegido hasta pensó en traer a un exorcista, dicen que a veces da resultado. “Pensamientos ridículos”, se decía.
Resignado ante esta situación recurrente, Esteban se dispuso a leer la novela elegida hacía varias semanas. Y sí llevaba tiempo con ella, la perturbación era constante por lo que la lectura se hacía lenta, tan perezosa como el gato de la casa. En su escritorio solo. Se distrajo mirando la mancha de humedad que aparecía encima de la biblioteca, formando una figura similar a un dragón.
Todos dormían. Excepto el gato. Estaba en la cocina, muy despierto. Se acerca al animal y lo ve agazapado, sobre una rata negra y grande. Esa rata peluda, con esa cola larga le produjo náusea. Sintió vergüenza al asustarse de modo tan particular por la presencia de ese bicho. Le vinieron a la mente unas ratas diminutas, recién nacidas, con sarna, que había visto en el fondo del terreno de su casa, cuando era niño. Animal escurridizo sin igual. Hubiera emitido un grito desgarrador. Pero todos dormían y encima la suegra iba a pensar que era medio marica.
Lo extraño de esta situación es que el gato, cretino y sucio, en lugar de estar atacándola estaba viviendo con el bicho esa situación .Ese era el ruido!!! El gato de mierda y la puta de la rata. Era como le había contado su amigo Rafael, en los buques de la marina mercante los felinos desgraciados solían tener romances con las ratas hospedadas en el lugar. Por eso el capitán del barco prefería a los hurones.
Agarró lo primero que tenía a mano, un palo de amasar. Intentó separar a los animales, el pedazo de madera con forma de cilindro resultaba chico y lo único que logró fue romper ese jarrón chino que le había regalado la madre de su mujer para la última Navidad. Sonrió ante tal logro, si al final de cuentas hacía meses que se lo hubiera tirado a la vieja por la cabeza. El ruido a porcelana rota y desparramada por toda la cocina despertó a toda la familia. La esposa apareció con la máscara facial, los ojos medio cerrados, tambaleando y casi se desmaya ante tal espectáculo. El hijo de 15 años intentó intervenir, le divertía la escena, pero su dulce abuela materna lo tomó de un brazo y lo inhibió. Al final apareció la hija, con los pelos alborotados , pegó un grito tan afinado que más de una vecina, de esas que tampoco duermen durante la madrugada, lo escuchó y dio dos vueltas de llave a la puerta de la casa. Todos mirando desde lejos, no podía temer a un bicho espantoso, asqueroso como ese. Había visto cosas más desagradables cuando tuvo que embarcar para Las Malvinas en el 82. Claro, pasó mucho tiempo y ya poco recordaba de lo vivido ahí.
Abrió otro cajón del mueble y agarró una espumadera medio rota, la cuchilla con la que cortaba la carne del domingo, la sartén que había quedado sucia de la cena. Con todo esto en sus manos alborotado pegó para todos lados. Tiró todo por el aire, contra los dos enamorados. La rata intentó treparse por la ventana que estaba semiabierta en la parte más alta de la cocina. Antes de lograrlo la cuchilla afilada quedó incrustada en su lomo. Corría sangre de color extraño. La suegra se desparramó en el suelo, un paro cardíaco, una subida veloz de su presión. A la mujer se le despegó la máscara verde, la que le cayó intacta en la cerámica del mismo color. El hijo se acercó a la escena y participó del motín.
La adolescente corrió a su habitación y llamó por teléfono a su mejor amiga para contarle lo sucedido.
El gato se ligó algunos golpes bien merecidos, quedó desmayado contra el rincón del aparador inglés de madera oscura y mármol de carrara.
El felino de la casa, tan tonto como siempre, viviría su vida triste y angustiado. Habían matado a su amante. No se acercaba a Esteban.
Al fin nuestro hombre se liberó del ruido, del gato, de la rata y hasta de la suegra.
Algún libro y la plenitud nocturna volvieron a ser suyos para siempre.
GRACIELA- 22-11-08
02 AM
C 14-Historia paranormal ( x Gra )
C 14 : Historia “paranormal”. ( x Graciela).
Ese jueves era un día común. Regresé del trabajo en mi horario habitual. Se respiraba la primavera recién empezada .Llegué a casa. Hice lo primero que hago cuando entro de la calle, lancé mi cartera, llevaba una de color marrón oscuro. Me descalcé. En el mismo momento en que mi acompañante de viaje fue arrojada con furia sobre la cama, prolijamente armada a la mañana, surgió una voz desde algún lugar de mi interior. Del alma, de la mente, de las neuronas en sinapsis plena, no lo sé. La frase retumbó en mi cabeza. Hoy aún la puedo recordar con exactitud:
“Justo le va a pasar esto a Clara este fin de semana”.
Mi cartera se deslizó sobre la cama con notable desprecio, con bronca. Escapé de mi cuarto huyendo de esas palabras inconcebibles. Clara era la madre de mi amiga Laura, tenía unos 80 años y leves problemas de salud, nada importante. Cosas de la edad. Intenté olvidar esa oración tan ridícula e inoportuna.
El viernes no iría a trabajar, estaba realizando un curso por la mañana. Cuando terminó me subí a algún interno de la línea 15, y al pasar frente al Hospital Militar exactamente a las 13, observé la majestuosidad del edificio. Intimamente me dije que ése sería el lugar donde atenderían a la abuela cuando surgiera algún problema importante.
Ese mismo día a las 17 yo tenía turno con la ginecóloga, estudios de rutina. Fui.
Al regresar, mi hija me cuenta que mi amiga había llamado para avisarme que su mamá estaba internada en el Hospital Militar. Todo en mí se transformó en desprecio hacia esos pensamientos míos anteriores a los hechos. Después que Carolina me dijo del llamado, hablé inmediatamente con mi amiga y efectivamente su madre estaba grave. Todo había sido así de repente, sin avisar. Si hasta ella había ido a trabajar esa mañana. A las 22 el esposo de Laura me dio la fatal noticia.
Al otro día terminé enterándome que la habían internado a las 13, cuando mi colectivo estaba pasando por ahí. Ni las neuronas en sinapsis profunda, ni la mente, ni el alma supieron darme aviso del hecho para que bajara abruptamente del vehículo y entrara al lugar.
El miércoles anterior, dos días antes de la muerte de la anciana, pensé en decirle que me hiciera alguna de esas agarraderas que ella se entretenía tejiendo.Yo les daba mucho uso en mi cocina. Eran coloridas y prácticas. Solían evitar más de una quemadura al retirar una fuente del horno o alguna olla con agua en estado de ebullición.
Pasaron unos 10 días y Laura me da un paquete envuelto con papel de regalo. Su madre había separado un par de agarraderas para mí dos días antes de morir. Aún hoy las sigo usando y lo extraño es que están como recién estrenadas a pesar de haber pasado tantos lavarropas.
Graciela- 30-11-08
Ese jueves era un día común. Regresé del trabajo en mi horario habitual. Se respiraba la primavera recién empezada .Llegué a casa. Hice lo primero que hago cuando entro de la calle, lancé mi cartera, llevaba una de color marrón oscuro. Me descalcé. En el mismo momento en que mi acompañante de viaje fue arrojada con furia sobre la cama, prolijamente armada a la mañana, surgió una voz desde algún lugar de mi interior. Del alma, de la mente, de las neuronas en sinapsis plena, no lo sé. La frase retumbó en mi cabeza. Hoy aún la puedo recordar con exactitud:
“Justo le va a pasar esto a Clara este fin de semana”.
Mi cartera se deslizó sobre la cama con notable desprecio, con bronca. Escapé de mi cuarto huyendo de esas palabras inconcebibles. Clara era la madre de mi amiga Laura, tenía unos 80 años y leves problemas de salud, nada importante. Cosas de la edad. Intenté olvidar esa oración tan ridícula e inoportuna.
El viernes no iría a trabajar, estaba realizando un curso por la mañana. Cuando terminó me subí a algún interno de la línea 15, y al pasar frente al Hospital Militar exactamente a las 13, observé la majestuosidad del edificio. Intimamente me dije que ése sería el lugar donde atenderían a la abuela cuando surgiera algún problema importante.
Ese mismo día a las 17 yo tenía turno con la ginecóloga, estudios de rutina. Fui.
Al regresar, mi hija me cuenta que mi amiga había llamado para avisarme que su mamá estaba internada en el Hospital Militar. Todo en mí se transformó en desprecio hacia esos pensamientos míos anteriores a los hechos. Después que Carolina me dijo del llamado, hablé inmediatamente con mi amiga y efectivamente su madre estaba grave. Todo había sido así de repente, sin avisar. Si hasta ella había ido a trabajar esa mañana. A las 22 el esposo de Laura me dio la fatal noticia.
Al otro día terminé enterándome que la habían internado a las 13, cuando mi colectivo estaba pasando por ahí. Ni las neuronas en sinapsis profunda, ni la mente, ni el alma supieron darme aviso del hecho para que bajara abruptamente del vehículo y entrara al lugar.
El miércoles anterior, dos días antes de la muerte de la anciana, pensé en decirle que me hiciera alguna de esas agarraderas que ella se entretenía tejiendo.Yo les daba mucho uso en mi cocina. Eran coloridas y prácticas. Solían evitar más de una quemadura al retirar una fuente del horno o alguna olla con agua en estado de ebullición.
Pasaron unos 10 días y Laura me da un paquete envuelto con papel de regalo. Su madre había separado un par de agarraderas para mí dos días antes de morir. Aún hoy las sigo usando y lo extraño es que están como recién estrenadas a pesar de haber pasado tantos lavarropas.
Graciela- 30-11-08
Travesuras ( derecho a réplica) x Graciela
Travesura ( derecho a réplica)
La veo sentada en la confitería “La orquídea” de Palermo Soho, como todos los jueves, día de trampa. La noto distendida, relajada, en paz. Lleva un maletín marrón oscuro. Cabellera delicadamente lacia, de un visible e inconfundible dorado. Una unidad de sus formas dispuestas de una forma sumamente armónica, desde los hombros, sus senos, sus muslos, su todo. Saca de su portafolios un libro, una carpeta, la cartuchera rosada colmada de lapiceras. Estoy sentado en la mesa que está justo frente a la suya. Siempre elijo ese lugar. Al cabo de un rato llega una mujer, será una amiga o socia. Hablan mucho como todas las mujeres. Ella siempre toma una gaseosa light con un tostado. Su amiga no lo sé, no me importa su amiga.
A veces la espera se hace larga. Imagino su profesión :Licenciada en administración de empresas, diseñadora de modas, o guionista de cine. El celular suena demasiado, muchas veces no lo atiende. Yo leo el diario y a través de la parte superior la observo. Es hermosa Sus movimientos son delicados, femeninos, pulcros. Cada vez que el mozo se acerca muestra su mejor sonrisa y siempre le insinúa algo al oído que yo no logro escuchar.
Al fin llega su amiga, su socia, su alguien. “Seguramente tratan temas de negocios”, pienso. Es el 4º jueves que la veo. Esta mujer me transporta, me saca. La sueño casi todas las noches .Recorremos juntos los más lindos paisajes, hacemos el amor en el mar, en el verde, en la luz. Le inventé un nombre: Verónica, no muestra discordancia con su estilo. Luego de dos horas se levanta y se retira, sola o acompañada con la persona que fue a su cita hoy. Ella nunca me vio. Sólo ve sus cosas, al mozo y a la persona con la que comparte la mesa.
Amanece el 5º jueves. Llego temprano al desayuno, Verónica ya estaba ocupando su sitio habitual que da al verde de Plaza Serrano. Y mi mesa ya no estaba disponible. Alguien se había metido en nuestro tiempo. Un hombre delgado y con rulos grises leyendo el periódico y mirándola a ella. Su vista fija en la mujer parecía encantada, hechizada. Me daban ganas de decirle al infeliz que se vaya. Preferí acercarme y preguntarle si coincidía conmigo con respecto a la belleza de Vero. Le conté que hoy me había decidido a dirigirle alguna palabra. Pedirle fuego, una lapicera (tenía tantas). El hombre describe una sonrisa entre irónica y burlona. Es en ese momento cuando emito un grito desafiante y le digo:
“¿Justo hoy tenés que sentarte acá?”.
Todos miran. No entienden que está pasando. Yo tampoco.
Verónica se acerca a la escena y dirigiéndose hacia mí me pregunta si necesito ayuda. Sonrío, vuelo, me pongo rojo desde mi pelo negro hasta mis zapatillas del mismo color. “Te veo siempre todos los jueves, ahí sentado, solitario” me dice. Yo creí desmayar, no podía contener tal emoción y mi presión cayó en picada precipitadamente. Me desparramé por el piso de ladrillos del bar. Al volver a la realidad veo a un médico, al mozo, al hombre y a Vero.
“Todo está bien ahora” dijeron los cuatro.
Verónica me habla otra vez:-Me da pena verte solo todos los jueves, me recordás a mi hijo, juventud con futuro incierto y sin nada en qué pensar.
Es así como caigo en la cuenta que esa mujer nunca tendría ojos para verme como a un hombre. Le dejo grabado la figura de un beso en su mejilla y salgo corriendo.
Nunca más volvió a ese bar, nunca más volvió a su Verónica, nunca más a su mujer imaginaria.
GRACIELA- 30-11-08
La veo sentada en la confitería “La orquídea” de Palermo Soho, como todos los jueves, día de trampa. La noto distendida, relajada, en paz. Lleva un maletín marrón oscuro. Cabellera delicadamente lacia, de un visible e inconfundible dorado. Una unidad de sus formas dispuestas de una forma sumamente armónica, desde los hombros, sus senos, sus muslos, su todo. Saca de su portafolios un libro, una carpeta, la cartuchera rosada colmada de lapiceras. Estoy sentado en la mesa que está justo frente a la suya. Siempre elijo ese lugar. Al cabo de un rato llega una mujer, será una amiga o socia. Hablan mucho como todas las mujeres. Ella siempre toma una gaseosa light con un tostado. Su amiga no lo sé, no me importa su amiga.
A veces la espera se hace larga. Imagino su profesión :Licenciada en administración de empresas, diseñadora de modas, o guionista de cine. El celular suena demasiado, muchas veces no lo atiende. Yo leo el diario y a través de la parte superior la observo. Es hermosa Sus movimientos son delicados, femeninos, pulcros. Cada vez que el mozo se acerca muestra su mejor sonrisa y siempre le insinúa algo al oído que yo no logro escuchar.
Al fin llega su amiga, su socia, su alguien. “Seguramente tratan temas de negocios”, pienso. Es el 4º jueves que la veo. Esta mujer me transporta, me saca. La sueño casi todas las noches .Recorremos juntos los más lindos paisajes, hacemos el amor en el mar, en el verde, en la luz. Le inventé un nombre: Verónica, no muestra discordancia con su estilo. Luego de dos horas se levanta y se retira, sola o acompañada con la persona que fue a su cita hoy. Ella nunca me vio. Sólo ve sus cosas, al mozo y a la persona con la que comparte la mesa.
Amanece el 5º jueves. Llego temprano al desayuno, Verónica ya estaba ocupando su sitio habitual que da al verde de Plaza Serrano. Y mi mesa ya no estaba disponible. Alguien se había metido en nuestro tiempo. Un hombre delgado y con rulos grises leyendo el periódico y mirándola a ella. Su vista fija en la mujer parecía encantada, hechizada. Me daban ganas de decirle al infeliz que se vaya. Preferí acercarme y preguntarle si coincidía conmigo con respecto a la belleza de Vero. Le conté que hoy me había decidido a dirigirle alguna palabra. Pedirle fuego, una lapicera (tenía tantas). El hombre describe una sonrisa entre irónica y burlona. Es en ese momento cuando emito un grito desafiante y le digo:
“¿Justo hoy tenés que sentarte acá?”.
Todos miran. No entienden que está pasando. Yo tampoco.
Verónica se acerca a la escena y dirigiéndose hacia mí me pregunta si necesito ayuda. Sonrío, vuelo, me pongo rojo desde mi pelo negro hasta mis zapatillas del mismo color. “Te veo siempre todos los jueves, ahí sentado, solitario” me dice. Yo creí desmayar, no podía contener tal emoción y mi presión cayó en picada precipitadamente. Me desparramé por el piso de ladrillos del bar. Al volver a la realidad veo a un médico, al mozo, al hombre y a Vero.
“Todo está bien ahora” dijeron los cuatro.
Verónica me habla otra vez:-Me da pena verte solo todos los jueves, me recordás a mi hijo, juventud con futuro incierto y sin nada en qué pensar.
Es así como caigo en la cuenta que esa mujer nunca tendría ojos para verme como a un hombre. Le dejo grabado la figura de un beso en su mejilla y salgo corriendo.
Nunca más volvió a ese bar, nunca más volvió a su Verónica, nunca más a su mujer imaginaria.
GRACIELA- 30-11-08
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