Suena el timbre. Son las cuatro de la mañana. Hora de sobresaltos más que de visita. Ariel no se despierta, sigue durmiendo ajeno a todo. Atiendo, Andrea está abajo. ¿Cómo llegó ahí desde Rosario? ¿Qué hace a 300 km de su cama?
Bajo a abrirle. Su cara me preocupa, no es la de siempre. Algo la angustia, se le nota en el pelo, más alborotado que de costumbre. Le pregunto qué le pasa.
Empieza a contarme, sin pausas y de paradas en la puerta.
- Viví el día de ayer en un mundo alternativo. Necesito hablar con alguien que me haga sentir que nada pasó, que todo sigue sin cambios.
- ¿Por qué lo decís? ¿Qué te pasó?
- Cuando salí para el trabajo, todo era normal. Pero en la oficina empezaron las sorpresas. Un ramo gigante de rosas se sentaba en mi escritorio, con una tarjeta que decía Feliz aniversario y la firmaba tu marido. ¿Aniversario de qué? ¿Cuál marido? Decidí ignorar el tema, pensando que era un error y dedicarme a trabajar.
A la salida de la empresa, llegó la sorpresa número dos. Raúl me esperaba en la puerta para llevarme a casa. Así llegamos antes, me dijo, porque los chicos nos esperan. Te imaginarás que el diálogo me aterrorizó. Hacía seis meses que no veía a Raúl. La última vez fue cuando lo dejé por su conducta obsesiva y sus celos sin razones. Nunca tuvimos una casa juntos y mucho menos, chicos. No supe qué decirle, así que opté por mi conducta habitual, salí corriendo y me metí en un taxi que me lleve a MI casa.
Y ahí, el miedo se transformó en espanto. Y mi cabeza no sabía qué creer o qué esperar.
Mi juego de llaves no funcionaba. Le toqué el timbre al portero, no era Néstor ni "Jarrón Chino", sino un reemplazante desconocido. Después de una larga charla, conseguí que me dejara subir. La llave del departamento tampoco servía y nadie me contestaba el timbre. Todo era silencio.
Salí sin rumbo a la calle, pensando dónde podría estar mi familia cuando lo vuelvo a ver a Raúl en la esquina. No podía enfrentarlo, así que volví a correr hasta perderlo de vista. Y cuando estuve segura de haberlo despistado, me subí a otro taxi y de ahí a la terminal, tomé un ómnibus a Retiro y aca estoy. Necesito que me ayudes a entender qué me está pasando.
Después del monólogo se serenó un poco.
- Vamos despacio - le dije. Subamos que acá está fresco. Tomemos un café y pensemos que puede estar pasando.
Mientras entramos, veo que me mira fijo y palidece. Su cara es la expresión del susto. Su presión baja le juega una mala pasada y se desmaya. ¿Se habrá asustado de mis canas o de mis nuevas arrugas? Tengo que despertar a Ariel para que me ayude a subirla para que se recupere y avisarle a Raúl que su esposa está conmigo.
3 comentarios:
BUENISIMO!!!
eselente relato Bea! Bravo!
Muy bueno, me gustó!!!!
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