Juliana estaba citada sin turno en el consultorio de su dentista, así es que se disponía a esperar, trayendo consigo un libro de novelas que había comprado la semana anterior en la librería que habitualmente visitaba.
Por suerte o por desgracia cuando abrió el estuche de sus anteojos, un lente cayó al suelo y le fue imposible pasar un rato agradable leyendo.
Su timidez no le impidió echar un vistazo a los otros pacientes en la sala de espera. Una sala bastante pequeña, alfombrada en verde, que daba a la calle. Desde la ventana podía ver una obra en construcción, muchísimos autos y un barullo enloquecedor.
Los pacientes eran cuatro pero al intentar ver cómo era uno de ellos, fue llamado por la dentista y no pudo ver más que sus cabellos largos y oscuros.
Quedaron tres. Juliana invento que la señora sentada frente a ella era la madre de los otros dos y comenzó a imaginarse cómo era la vida de ellos. Mientras sus pensamientos divagaban tejiendo una increíble historia familiar, se topo con la mirada del mayor de los hijos de la señora y un hilo de incomodidad obligo a desviar muy rápido sus ojos a la ventana ruidosa. Los ojos del joven eran verdes, estaban escondidos detrás de su cabello pero aun así lograban resaltar su tez blanca sin tiempo. Vestía ropa común, bastante arrugada, zapatillas modernas.
Nuevamente sin entender sus miradas se atrajeron.
Nuevamente incomodidad. Aunque esta vez decidió prestar más atención a lo que ellos querían decirle. Su mirada parecía dura, se sintió intimidada, juzgada.
Su hombros estaban encorvados, y sus gestos lentos, tristes. Su mirada no tiene nada que ver con él-se dijo para sí Juliana.
Volvió a observarlo, volvieron a encontrarse.
Esa intranquilidad le dijo que él la conocía. Pero de donde me conoce? – se pregunto Juliana.
Reviso mentalmente su agenda, su celular, sus amigos, algún amigo de sus amigos, algún primo de sus primos pero nada, búsqueda infructuosa.
Una última mirada mortal la atrapo y finalmente conmocionada recordó.
Si se conocían y muy bien. Habían sido amantes. Ella enloqueció por el amor tortuoso, fogoso lleno de pasión que la llevo a su fin.
Sus ojos la conocían porque ella lo había dejado, por eso el la había matado.
Se habían amado en otra vida, en otra época aunque jamás le perdono haberse muerto.
Juliana se fue del consultorio sabiendo algo nuevo y lleno de certeza. Se reencontraron pero esta vez no iba a morir.
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