Es una mañana cualquiera me levanto como de costumbre. Mi marido ya ha partido a su trabajo. Empleado bancario, de alto rango, de reuniones y trajes almidonados.
Preparo mi café, enciendo la televisión para ver las noticias. La temperatura no cambiará, el asesino serial sigue sin aparecer, el donante para el hombre que se muere.
Ana, así me llamo. No tengo hijos. Después de insistir con varios tratamientos médicos, decidí abandonarlos. Es una rutina muy difícil de cumplir, los horarios, los laboratorios colmados de gente, las idas y venidas al centro.
Esa misma mañana salgo al parque de mi casa, observo que en mi piscina pasean unas lanchas que producen un ruido a motores en acción que estalla contra el vidrio de la ventana de mi escritorio. Son tres lanchas. De colores variados. La primera es amarilla y azul, como el color de mi equipo de fútbol preferido,conducida por un futbolista pelilargo de unos veinticinco años. La segunda es piloteada por un boxeador parecido a Bonavena. Pantalones blancos, guantes negros. La última es de color verde, manejada por un hombre canoso, con un maletín lleno de libros de literatura universal.
Ellos me miran y me invitan a viajar.
Pienso que todo es una alucinación, que aún no he despertado de mi sueño nocturno.
Regreso a la cocina, termino mi café. Vuelvo al lugar y ahí están los tres mirándome y esperándome. Les sonrío, me sonríen.
Vuelvo a entrar, casi corriendo. Telefoneo a mi marido .Le cuento lo que sucede. Sólo me dice que cuando llegue a casa resuelve el problema. Piensa que estoy a punto de estallar en mi locura. Se olvida del tema y sigue con el cliente con el que está cerrando un trato.
A la noche nadie habla del asunto.
Durante la mañana siguiente vuelvo a verlos a los tres. No cuento nada. Ya no me asombran los visitantes. Los siento mis amigos.
Sus apariciones suceden durante cinco días seguidos.
En todo este tiempo se amontonan en mi memoria las cosas que hubiera querido para mi vida :ser madre de cuatro hijos, descollar como pintora , inventar una fórmula para erradicar el cáncer, correr por la calle como un niño, sentarme en cualquier hamaca de un parque, estar al lado del Che Guevara, conocer a Napoleón, viajar en las tres carabelas cuando llegan a América, ser un aborigen, acompañar a Carpentier en sus pasos perdidos, levantarle el ánimo a Kafka, sentarme en un café con Neruda, ser amiga de Cleopatra, vivir en Japón, besar a Cortázar.
Es en ese día, el quinto, cuando me decido y tomo mi maletín con cinco o seis de mis libros preferidos y me desplomo en la lancha color verde.
Me voy con ellos. El mundo nunca más me vuelve a ver.
A mi marido no le llama la atención…Hace un tiempo que está rara, murmura.
Lo que no se puede explicar es como la piscina desaparece del parque de mi casa.
Alguien dice por ahí, “hay cosas que la razón no entiende”
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