Me encanta despertarme en este lugar, especialmente los domingos.
Cumplo siempre el mismo ritual. Si es temprano sé que voy a poder ver al sol como un disco rojo entre los edificios. Si es temprano voy a verificar su presencia. Si no es temprano sé que ese mismo sol ya habrá dejado de verse así y la intensidad de luz entre los objetos va a ir aumentando. En especial entre las plantas.
Sé que Reina probablemente se acerque moviendo la cola a saludarme, a lo mejor ponga su cabeza entre mis rodillas y yo la acaricie de la cabeza a la cola sintiendo la suavidad de su pelo blanco y largo. Al rato aparecerá Chaplina seguramente, y se frotará contra mis piernas, toda arqueada, si se le acabó la comida, me mirará con sus ojos increíbles de un color amarillo verdoso y lanzará un maullido lastimero de gata abandonada y sola en el mundo. Las miraré juntas, si se quedan al menos un instante, pensando lo bien que combinan una perra blanca- blanca y una gata blanca y negra.
Es probable que salga al balcón si no hace frío y el aire fresco y limpio –en especial de los domingos- me refresque por dentro, y me ponga a escuchar, no ya el ruido del tránsito de la semana, sino los pájaros –muchos- que andan reconociendo el terreno y estirando las alas. Después, entrar el diario, hacer el café, calentar el pan, y llevártelos a la computadora, donde hace rato estás como un director de orquesta país a país dándole vida a las noticias del mundo.
3 comentarios:
epa!!! me gusto, simple y muy sensorial!!! ojo!!! te estas agrandando!!!
Es un ritual agradable, sin sobresaltos, tranquilo...me gustó.
Bienvenida al blog! Muy tranquilo, me gustó el ritmo, tan lejano a la vorágine de este martes a la mañana que me toca.
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