Fui llamado con mis compañeros para resolver una hipótesis de conflicto en un edificio cito en el barrio de Saavedra. Un gato, denominado Lito, se paseaba por la corniza del balcón del segundo piso del citado edificio.
Su dueña, conocida como Doña Cata, septuagenaria, sufría un ataque de histeria, conmocionada por la situación, a la que el gato permanecía ajeno. Los testigos del suceso dijeron que estos episodios se sucedían con frecuencia, generados por los mismos protagonistas.
Limpiamos el área para poder realizar el operativo de rescate y dispusimos el móvil equipado con escalera extensible. Sorteamos para ver quién subía y perdí.
Por lo tanto, escalé hasta el segundo piso en una escalera hecha de escarbadientes que crujía a cada movimiento. Cuando llegué hasta el gato, extendí los brazos para bajarlo conmigo, pero el maldito se aferró al tejido, empecinado en hacerme pasar un mal rato. Tironeamos con fuerza los dos hasta que decidió saltar al balcón del primer piso, dejándome solo en las alturas.
¿Cómo terminó la historia? Los curiosos se dispersaron, la dueña entró corriendo al edificio en la búsqueda del gato y mis compañeros tuvieron que llamar a la central de bomberos para pedir otro móvil con escalera porque el mecanismo de esta quedó trabado conmigo en las alturas.
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