C5- NARRADOR/PUNTOS DE VISTA-GRACIELA-

Consigna: escribir como narrador protagonista.

Eran cerca de las 8 de la noche de ese miércoles de septiembre, frío y negro.
Faltaban sólo 8 cuadras para estar en casa. Sólo quedaba pedalear y pedalear con más destreza y más habilidad que nunca, para llegar al departamento donde vivo.
Estaba cansado. Día agotador, pesado, lento.
Mi bicicleta estaba tan ansiosa como yo en llegar a destino. Pasaba saltando bruscamente por entre los adoquines de esa calle,cuyo nombre se borró de mi memoria. El barrio: Saavedra, querido, tranquilo.
Insuperable ventaja tenía sobre mí el vehículo: era nuevo, recién estrenado, azul, brillante.
Yo, en cambio, venía de una larga jornada de talleres por esos barrios que sólo existen en Buenos Aires, con esos talleristas que también sólo existen en Buenos Aires. Encima mis horas se me habían complicado con ese editor que estaba por decirme sí a la publicación de mi novela y de repente, sabrá Dios porqué, me sale con una negativa tan infantil como las que no escuchaba desde mis días de colegio.
Mis pensamientos flotaban en el aire húmedo y fresco.
Sin casi darme cuenta me voy acercando a un grupo de gente alborotada. Todos miraban hacia ese balcón sombrío y triste del segundo piso del edificio más horrible que había visto en mi vida.
Y ahí, colgado de la cornisa, un gato. Un enorme gato, tan enorme como pueda imaginarse.
Toda esa multitud quería atraparlo entre sus manos. Intentaban que el pobre se moviera hacia algún lado. El animal permanecía estático, inmóvil, odiando.
Dejé mi bicicleta a un lado, tiré mi maletín por algún otro rincón y gritaba al infeliz felino. Mi intención era convencerlo de que dejara ese lugar peligroso.
Era obvio que el animal no reconocía mi voz, por lo que la obediencia hacia mí era inexistente.
Por ahí estaba una vieja menuda, flaca, fea, llamada Angélica. Los vecinos decían que era la dueña del animal. La mujer emitía voces de manera exagerada por lo que la hice callar con un grito tan aterrador que hasta casi yo me asusto.
Eché al gato una mirada fuerte, muy fuerte y no sé si fue eso o el furioso haz de luz de un helicóptero que pasaba por el lugar, lo que hizo que el bicho cayera al piso.
Parado, intacto, como es deber de los gatos caer.
El espectáculo terminó, me dije.
Fui a recoger mi bicicleta y mis otras pertenencias, pero ya no había nada de lo mío.
Y me puse a caminar durante 8 minutos las 8 cuadras que me separaban de mi casa.
Y así terminaba mi día, sin mi vehículo azul, sin la edición de mi novela y con ese maldito gato del segundo piso de una calle sin nombre del barrio de Saavedra.
Y no sé porqué esa noche no pude dormir. Oía maullidos de un felino que se había trepado a mi balcón en busca de no sé qué.

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